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The frog: "Reinventa, hazte bello, funcionará"
 

Nico Saminski
Varsovia, Polonia (1963)

 

 
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CREER, ESA ES LA CLAVE.
HACER CREER, ESE ES EL TRUCO

«Seamos realistas», analiza el sargento Wheeler. «Las posibilidades de que nos alcance un ataque nuclear son prácticamente nulas. Lo que a todos nos preocupa es que Sadam Husein nos lance gases químicos o bacteriológicos, Y en ese caso el impacto físico no será tan importante como el pánico que generará».

La primera preocupación del jefe de armas químicas, biológicas y nucleares de la I División de Marines no son las armas químicas sino evitar que las “temidas armas de destrucción masiva” quiebren la moral de sus hombres, aparte de la salud: «El equipo de protección que tenemos funciona. Eso está comprobado», alecciona.

Claro que no deja de ser inquietantes sus comentarios sobre los agentes utilizados para, en caso de ataque químico, lavar la «segunda piel», y cuya efectividad se puede ver comprometida hasta por un granito de arena. Un comentario nada alentador cuando se dice en medio del desierto, donde el polvo lo tiñe todo del mismo camuflaje.

Cómo se vende esto a los soldados de la I Dvisión. Cómo explicarles que “no pasa absolutamente nada chicos ” y que cuando llegue la señal hay que hacer caso omiso a las “temibles armas de destrucción masiva” y seguir adelante hasta eliminar al enemigo.

Pues convenciéndolos de que realmente no pasa absolutamente nada. Si la industria cinematográfica de Hollywood ha sido capaz de convencer a toda la humanidad que con un solo Rambo basta para eliminar a cientos o a miles de enemigos Vietnamitas, Afganos, Rusos, Iraquíes o de donde sean, cómo no va a hacerlo el Sargento Wheeler a sus disciplinados pupilos al que confiarían sin dudar ni un solo instante cualquier parte de su cuerpo o el de su novia o novio. Él sabe que el mayor enemigo de su gente es su propia gente, el miedo, el pánico que produce la posibilidad de morir agónicamente corroído por alguna sustancia desconocida.

El miedo es una fantasía creada por la mente para protegerse de un entorno desconocido. Para luchar contra la fantasía lo mejor es crear una fantasía opuesta. Al fin y al cabo Superman era invencible hasta que alguien tuvo la mala idea de descubrirnos la maldita kriptonita. Se trata de eso, de reinventarse el argumento e inventar la Contra-Kriptonita, la añadimos al argumento y ya está. Fuera pánico y fuera miedo.

La estrategia es fidelizar al soldado con esta contra-kriptonita, que en este caso es una máscara y nos aseguraremos que duerme con ella, que come con ella, que se ducha con ella, que forma parte de él al igual que su mano, su brazo o su ojo. No salgas nunca sin ella.

Las duchas del campamento son apenas un chorrito de agua antes y después del jabón. Las chicas, una minoría, han dejado un brillante espejo de cristal colgado de las cremalleras de la tienda. Un toque coqueto que sus colegas del sexo contrario sustituyen con un enorme sentido práctico por el llamado espejo de campo, que consiste en un irrompible trozo de metal que devuelve una imagen borrosa. Lo justo para pasar la cuchilla. Se eliminan espejos y plaquitas de metal, no hay necesidad de ello si vives en una máscara. Pero es en las letrinas portátiles donde el macuto verde encintado al muslo que guarda la preciada máscara de gas se vuelve aún más incordio. Y por mucho que la disciplina militar les obligue a llevarlo encima a todas horas, la mayoría se desprende de él cuando llega la hora de deslizarse en el saco y conjurar el frío. Se penaliza muy severamente dormir sin máscara y las letrinas están parcialmente descubiertas para que el inspector pueda ver "las caras" de la gente que las usa. "No sin tu máscara amigo"

Los soldados estadounidenses son instados a mantener un escrupuloso afeitado, porque un solo vello puede bloquear el filtro de la mascaras de gas que ha de salvarles las vidas, al menos. No todos los marines responden a los simulacros con el mismo convencimiento, aunque sí se dejan impresionar por los crueles vaticinios de los militares en caso de ataque. El solo cursillo de entrenamiento hizo que la noche antes de partir hacia el campamento fuese de pesadilla. De vez en cuando los mando les sorprendían de imprevisto al grito de «¡Gas, gas!», para forzarles a practicar a toda velocidad la operación de colocarse la máscara, que debe completarse en apenas nueve segundos. Y de tanto oír los gritos despavoridos de sus mayores, la mayoría espera que el día en que la llamada sea real se la tomarán con serenidad aprendida.

El caso es que al final, el soldado vive la máscara como parte de su propio cuerpo y cree en ella, la máscara es parte de él. Ya no sabe si es que la máscara le da seguridad o si es que sin ella se siente desnudo. Al final hemos creado un ser poderoso anti-gases, el hombre-máscara, hemos conseguido la anti-kriptonita y listo para acometer la orden de ataque o de defensa en el mismo momento en que se la den sin pensar, ni por un instante, en el riesgo que la amenaza del “temible arma de destrucción masiva” advierte.

Creer. Esa es la clave. Hacer creer, ese es el truco. En lo que sea, incluso en las "terribles armas de destrucción masiva".

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