Tomar café es de por sí una experiencia. A los que somos cafeteros eso no nos lo tienen que vender, disfrutamos de cada sorbo y ritualizamos esta infusión desde el momento de la compra hasta el último trago e incluso unos minutos más admirando el aroma, el sabor y la textura.
Yo tengo una cafetera exprés en el salón de la casa. El café es molido para cada taza independientemente, en su grado justo, la taza está calentada previamente, y el agua es la correcta. A mí el café me fascina. Aprendí a tomarlo sin azúcar en casa hacia los 17 años de edad. La liturgia del café está acompañada de la tertulia y los gestos discretos de las manos acompañando el plato y después la taza y la música que nos regala el pequeño choque entre ambos.
La voz, el tacto de las tazas, el color negro del café, su aroma y el placer que recibe el paladar hacen del café una experiencia sensorial por sí misma.
En Japón, en Estados Unidos, en toda Europa están apareciendo establecimientos especializados en café. Se ofrecen infusiones de granos de todo el mundo, americanos, africanos y asiáticos, con distintos grados de acidez y distinto cuerpo. Al gusto de todos. Completan el catálogo con las muchas variedades de métodos de preparación, desde el atrevido "sólo" al caprichoso "cappuccino" y sus complementos de leches, chocolates y azucarados.
El rizo experiencial es ahora el Coffee-Art. Se trata de ofrecer al cliente un café único, exclusivo, como una obra de arte.
Los usuarios aprecian la dedicación, la pericia y la paciencia de quien le prepara el café y además se lo decora mágicamente a partir de los propios elementos del brebaje.
Participan en estos rituales observadores y observados, traspasando el hecho de la fabricación del café a una dimensión artesanal que otorga al consumidor un producto sorprendentemente nuevo. De repente el café, ese commodity, se convierte en un objeto deseado, único, vivencial: en objeto emocional.
Sería fantástico traspasar el escenario y el arte a otras actividades cotidianas y poco gratificantes. Sería fantástico que llenar el depósito de gasolina a nuestro vehículo de repente fuera una experiencia emocional. Sí, sería de agradecer y por supuesto exitoso.
Sí, nosotros, la gente, somos sorprendentes y quizás entre nosotros haya quien sea capaz de convertir ese aburrido y tedioso peaje en algo realmente emocionante y divertido.
Al fin y al cabo, nada es imposible de imaginar.
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