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The frog: "Reinventa, hazte bello, funcionará"
 

Nico Saminski
Warsaw , Poland (1963)

 

 
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Los mercados cambian y nosotros con ellos.

Es una obviedad que los mercados cambian. Solo hay que tener un poco de memoria para darse cuenta de que existen productos y servicios que hubiera sido imposible comercializar hace apenas unos pocos años.

Esto ocurre prácticamente en todos los sectores. A los mercados se les “educa” y “enseña” y esos procesos adaptativos no tienen por qué ser demasiado largos.

A un viajero tradicional de los años 80 que despertara hoy tras 30 años de sueño, le sorprenderían a disgusto, con mucho disgusto por cierto, las actuales formas de viajar.

La primera sorpresa sería cómo adquirir el billete de avión. La segunda sorpresa sría respecto a los nombres de las compañías aéreas de las que conocería muy pocas, y por último las condiciones de acceso, embarque y vuelo a las que se sometería, amén de las colas, cacheos, inspecciones, registros, y demás etcéteras vinculadas con la seguridad.

La última sorpresa sería que comprobaría que aunque el billete le ha costado mucho menos - siempre y cuando hubiera impreso antes su billete y no llevara más de 15 kilos en un solo bulto - el trayecto ha durado muchísimo más, le han servido (o vendido) peor (mucho peor) comida y ha estado más incómodo.  Del avión, aparte de los colores interiores, apenas habría observado cambio alguno.

Otro viajero, urbano, tomaría un taxi o un bus de cualquier ciudad y su percepción sería totalmente contraria: El trayecto más corto, más cómodo, más limpio, con aire acondicionado en verano y calefacción en invierno, más amable, con muchas facilidades. Le habría costado, eso sí, mucho más caro.

Un observador televisivo, no entendería casi nada de lo que ocurre en la pequeña pantalla. Para empezar, el lenguaje ha cambiado, es mucho más rápido, tanto el verbal como el visual, los contenidos actualmente están compuestos de efímeros pasajes de cuentos parquísimos.  Los canales, obsesionados por sus cuentas de explotación son capaces de explotar un programa hasta tal punto que la mitad de él está compuesto de repeticiones de otros propios o ajenos dando la impresión de que en el mundo no ocurre nada más que esa secuencia de hechos irrelevantes para la sociedad. Al mismo tiempo, surgen otras realidades de la ficción elaborada por supuestos maestros de la cámara al hombro, que se dedican a crear noticias a base de mostrar escenas supuestamente naturales. El reportero es ahora el protagonista de la noticia y ya empezamos a ver como los entrevistadores se entrevistan entre ellos y no tardaremos mucho en comprobar que, de seguir así, se entrevistarán a sí mismos.

También le sorprendería el aluvión de” programas concurso experienciales” o reallity-show donde los participantes se apuestan a ver quién es el más tonto, el más cerdo, el más guarro o, en definitiva, el más absurdo. Ininteligible para un espectador de los 80.

Un consumidor de supermercado, por ejemplo, se vería absorto y sin apetencia a salir de allí, abducido por la infinidad de oferta perfectamente etiquetada, parametrizada, desglosada al máximo y presentada con gusto exquisito. Descubriría que no hay dos refrescos de cola, sino veinte, que existen arroces largos, redondos, gruesos, amarillos, grises, marrones, que las pastas pueden ser de cualquier color, sabor, textura, forma, que hay tantas y tantas salsas que desconoce y que todas son tan apetecibles, que para lavar hay muchísimas posibilidades aunque haya más de diez productos que digan, sin que nadie les haga caso, que comprándolos solo a ellos sería suficiente. Para no hablar de la sección de quesos, cientos, de la de embutidos con otros cientos.

Quizás se sorprendería por esas palabras nuevas “light”, “00” y “GLUTEN”,  entre otras, que requerirían a nuestro viajero del tiempo un ejercicio de reflexión y hacerse con un diccionario de bolsillo.

Bien, nuestro viajero por supuesto no conoce internet, jamás ha usado un i-pod, un i-pad y lo más portátil que recuerda es el walk-man de Sony del tamaño de un CD hinchado. Tampoco ha hablado a través de un teléfono móvil, ni ha mandado jamás un SMS ni un emal, ni ha visitado jamás una web.

Se sorprendería de la cantidad de nuevos dispositivos, artilugios y gadgets que somos capaces de adquirir sin saber usar. Estoy escribiendo este post en un Word, que no existía en el 80. Entonces lo más parecido a esto no se parecía en nada a esto.

Si a ese viajero le contamos algo de facebook no nos va a entender. “Bueno… verás...

Las personas tenemos un sitio, cada uno el suyo, donde colocamos cosas personales como fotos, frases, chistes, poesías, lo que tú quieras y los demás, si son amigos tuyos o te conocen... pues van y lo miran, es un armario con cosas personales que pones a disposición de los demás, si les gusta lo que haces o lo que tienes te lo dicen o te ponen notitas contándote lo que piensan sobre eso… todos lo hacemos, nos mostramos cosas y las comentamos, dedicamos más de una hora al día a eso... poner cosas a los demás y a mirar lo que los demás han puesto para todos…

Pueden imaginarse la cara de nuestro viajero. Imagínensela paseando por una ciudad cualquiera y observando calzoncillos debajo de los pantalones caídos de cualquier adolescente y postadolescente, observando que tres de cada cuatro jóvenes luce publicidad en sus ropas sin saberlo, y que, además paga por hacerlo.

Imaginen a ese viajero sentado ahí, en la calle. Sólo. Observando. Afortunadamente alguien le explicará que España ganó el europeo y la copa del mundo de futbol… esa sería su primera sonrisa. Al resto nos han educado, entrenado, preparado, para mantenerla. El resto ha evolucionado hasta aceptar esta nueva normalidad.

Y es que nada es imposible de imaginar.

La charla. Nico Saminsky
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